EL LEGADO DEL JUGLAR (Una canción de la Edad Media)

CHILE: El pedagogo historidor Víctor Rojas Farías tuvo la gentileza de aportar a Prensa Norrköping con el siguiente texto lírico-histórico El legado del Juglar.

Más conocida que el sabor salado o que el amanecer, una canción recorrió de boca en boca y de costa a costa la todísima Europa medioeval. En algún lugar, el juglar o no Roy Fernández -o Guillaume o Fernán de Aquitán- cantó su pena, y su éxito fue una profecía de Los Beatles. No eran tiempos esos para cantores. Hay la casi certeza de que ni siquiera se llamó Roy, o Fernán, o Idegurdo, o Bernart (que pudieron ser otros de tantos intérpretes). Su misma canción ha sido mutada por el tiempo, y los monjes -en distintas regiones y años- recogieron variantes con palabras que hasta cambian el sentido, así que es imposible aseverar el año de composición o la versión original. No se sabe tampoco si su autor era -como Fernán- un juglar oscuro que recorrió las aldeas hasta que desapareció se ignora adonde, o -como Roy- un trovador brillante que distraía las cortes hasta que desapareció se ignora dónde. Se sabe, sí, que a su amada se la bebió el mar, y él, contemplando las olas, vertió de sus labios una canción desesperada:

Quand eu veho las ondas do la riba del mare

meu coracon plora, que me fiz tan grand male

maldito se’l mare, que me fiz grand male.

Esa voz inaugura -en las nacientes lenguas romances- la imprecación contra el mar. Los poetas castellanos empiezan, con ese anónimo habitante de la Edad Media, una difícil relación de amor y de odio: cómo leer el oceano, cómo descifrar su simbolismo, cómo traducirlo. Manrique advierte del mar, que es el morir; Góngora le pide permiso para llorar; Huidobro imagina su ataúd; nuestro Ennio Moltedo anhela dispararle; Octavio Paz sueña encerrar una ola. Huidobro lo ama, Moltedo lo ama, Darío, Garcilaso, todos lo aman y lo odian. Borges se confunde ante el mar en su único verso intolerable: ”las mitologías y cosmogonías”. La Mistral, en un poema que quiere ser chilenidad, lo interpela en griego: tálassa. Miles de poetas confusos en la orilla, tratando de aprehender: ese quizás juglar se ha repetido -día tras día- desde que existe el castellano, o desde que existe la poesía. Es mucho más que un juglar: es una imagen primordial: somos todos los confundidos que, en un roquerío, tomamos el laúd o el lapicero y sin fuerza intentamos transgredir el mar.

Víctor Rojas Farías. (Pedagogo, Valparaíso, Chile)

 

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