EL ENCANTO DE ESE CANTO

CHILE: Las siguientes anécdotas recordadas por Victor Rojas Farías están relacionadas a míticos cantos a lo largo de la historia que tuvieron un tremento impacto en el momento que se entonaron.

En la primera guerra mundial, un escritor -Ernst Lissauer- versificó su ”Canto de Odio a Inglaterra”. Su poema encendió a Alemania, siendo reproducido en diarios, enseñado en las escuelas, declamado en radios: los jóvenes soldados aprendieron a recitar ese odio antes de precipitarse gustosamente a la muerte. Siglos antes, un flautista había robado -según la leyenda- todos los niños de una ciudad medioeval -Hamelin- con el mero recurso de tocar una música que los encantaba. No son ejemplos únicos: los guerreros antiguos sabían que algunos poemas repetidos por los bardos antes de la batalla encendían el valor y daban fuerza. Charles Manson declaró que su secta decidió asesinar a la actriz Sharon Tate porque habían escuchado Revolución 9, de Los Beatles.

Esos casos, obras de arte que anulan la voluntad o que empujan a realizar acciones, no son infrecuentes. Encontramos el primer testimonio en el viaje de Ulises, que debe amarrarse a un mástil y poner cera en los oídos de sus compañeros para no arrojarse al agua oyendo el canto de las sirenas. En la época clásica, los relatos son cientos: quizá el más conocido sea el del prisionero que fue arrojado a las fieras y entonó un canto tan dulce que las domesticó. El medioevo tiene innúmeras experiencias, como la del trovador Bertrand de Born, una de cuyas canciones despertó en los nobles el impulso de guerrear entre sí. (”Cuánto es bello el chocar de los escudos/ con sus tonos rojos (..) las lanzas despedazadas, los yelmos rajados en el fragor”.) Mucho se puede citar del tiempo posterior: tan sólo en la época de Goethe multitud de suicidios acompañó al exito de la novela ”Werther”.

 ¿Qué hace que estas creaciones artísticas obren así sobre los auditores? El espíritu de la época, la virtud profunda del arte, las condiciones de la recepción, el entorno, la empatía estética, la sensibilidad particular: miles de razones podrían citarse. Pero la causa última sigue siendo un misterio. Todos hemos experimentado cuanto menos un pálido reflejo de obra que nos fuerza la voluntad: a veces, estando alegres o indiferentes, un verso cualquiera o la contemplación de un cuadro es capaz de sumirnos en indecibles estados de ánimo. Así también los dementes de Manson, arrobados escuchando El Album Blanco, supieron de pronto que debían matar. Del mismo modo muchos jóvenes del romántico, después de cerrar un poemario, entendieron que si querían huir tenían que matarse de inmediato. Por qué. Tal vez el misterio sea el del origen sobrenatural de la poesía, que posee la clave de la creación y la destrucción. No en vano hubo doctrinas que creyeron que la formulación de unos sonidos podía dar vida a lo inanimado; no en vano hubo quienes pensaron que la palabra ”es” la cosa. Y hay quienes todavía pregonan que una palabra puede ser más util que una camilla, más cruel que una bala.

 Víctor Rojas

Quinta Región de Valparaíso, Chile

 

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